jueves, 12 de abril de 2012

Érase una vez la Democracia

Érase una vez un país democrático. Sus ciudadanos, que elegían "libremente" a sus representantes cada cuatro años, pensaban que vivían en un lugar donde las dictaduras y el dolor no tenían cabida. Democracia y dictadura parecían ser antagonistas. Como Dios y el demonio según los creyentes. O como Barça y Madrid o Madrid y Barça, según otro tipo de “creyentes”, también del mismo país.

Sin embargo, aquél país tan democrático, donde años atrás imperaba el mito de que el progreso era constante y la estabilidad tan sólo una cuestión de voluntad ciudadana, empezó a desmoronarse. Ningún ejército invadió el Parlamento ni el territorio. Tampoco se trataba de unos violentos terroristas, que hacían caer torres gemelas y se suponía que instauraban el terror global. Ni tan siquiera se trataba de un dictador, que tomaba el poder por su cuenta. No. La propia democracia, aquella inmutable en la que se había depositado el antiguo poder absolutista que antaño manejaban reyes y religiones, se estaba transformando. Era como si Dios se vistiera de demonio, o como si Barça y Madrid fueran la cara (o la cruz) de una misma moneda. La democracia ya no era democracia. Pero se hacía llamar igual. El poder de la libertad de elección ya no lo tenían sus ciudadanos. Sí, sobre el papel podían seguir votando. Pero tan sólo elegían unas caras o unos colores ideológicos.


En la democracia que se había desquitado de la piel de corderito los representantes políticos legislaban y decidían al margen del pueblo. Lo hacían por su bien, decían, "recortando", perdón, recordando al pueblo que el camino de la austeridad económica y el sometimiento máximo al orden y a la ley era ahora lo que más importaba.


Esta nueva dictadura democrática, "tecnocracia" o "deudocracia", según guste más, en lugar de representar y defender a sus ciudadanos les quitaba, con prisa y sin pausa, aquello que había costado años de conseguir. Mientras tanto,los representantes o partidos políticos que antes intentaban cumplir lo que prometían, ahora se esforzaban en prometer lo que al final no cumplirían. E iban "promulgando" (imponiendo) nuevas leyes para evitar la agitación social, que ahora se calificaba como "guerrillas organizadas" o "terrorismo callejero". Ya lo saben: terroristas también son todos aquellos que cuestionan o denuncian las irregularidades de un sistema que se tambalea. Con el tiempo, a medida que la situación económica y el contexto internacional empeoraban, la "dictacracia" se volvía más agresiva, haciendo y deshaciendo sin contar con el pueblo, tan sólo procurando asegurar su propia supervivencia. Eso sí: siempre decía que lo hacía por el bien del pueblo, por el bien de la supervivencia. Momentos estos en los que imperaba la ley del más fuerte, no la protección del más débil.


¿Qué ocurrió al final con ese país, antes democrático? Nadie lo sabe a "ciencia" cierta, pues ni en la ciencia misma se confiaba. Sin embargo, se "especula" (como gustaba hacer en ese país) que era difícil que una situación así aguantara mucho tiempo. Cuando unos padres se olvidan del cuidado de sus hijos, ¿no deben perder éstos su custodia? Se dice, se rumorea que, al final, unos padres ficticios y tecnócratas tomaron el mando del país. Otros cuentan que, en realidad, fueron los hijos desamparados por sus padres políticos los que se rebelaron y tomaron de nuevo el control. En cualquier caso, lo que quedó claro es que la Democracia no era inocente ni buena por naturaleza. La Democracia "era", porque detrás había personas y relaciones sociales. Y cuando éstas se pervirtieron, la Democracia lo hizo también, arrastrando todo lo que había conseguido hasta entonces. Como un castillo de naipes.

Colorín, colorado, este cuento será recortado.

  


viernes, 16 de marzo de 2012

La economía del bien común (Parte 5)

La economía del bien común no pretende acabar con el mercado pues es en sí misma una economía de mercado. Sin embargo, sus objetivos distan mucho de los de una economía capitalista, pues las empresas privadas cambian el “afán de lucro” y la “competencia” por la “contribución al bien común” y la cooperación. El bien común pasa a ser el objetivo global del sistema económico.

Pilar Jericó en su libro La nueva gestión del talento analiza cómo la competencia ya está cambiando. Suyas son las palabras: “Las alianzas están a la orden del día, incluso entre empresas competidoras. El Volvo S40 y el Mitsubishi Carisma se construyen en la misma fábrica, en Gante, Bélgica. La empresa de embotellado Seven Up/RC elabora el té helado de competidores como Lipson y Arizona en los mismos tanques. El mundo no se ha vuelto loco, sencillamente las empresas se han hecho más inteligentes […]. ¿Por qué? Porque los resultados superiores en este nuevo entorno se obtienen a través de la interacción con terceros, ya sean clientes, colegas o incluso competidores. Y reflexionemos un momento. Para interactuar eficazmente, ¿qué necesita el profesional? Tolerancia, por supuesto […]".

La tolerancia suele destacar por su ausencia en entornos competitivos poco regulados. Por esto resulta importante poner los valores sociales por encima de aquellos que promueve el afán de lucro. Al fin y al cabo, no haremos más que reivindicar nuestra parte más natural y humana, aquella que nos define como seres sociales que colaboran… para el bien común.

Eduard Punset apunta en su libro Viaje al optimismo que “La necesidad de pertenecer a algo suele manifestarse como un deseo avasallador de formar y mantener, por lo menos, una cantidad significativa de relaciones interpersonales […]. Aunque cueste creerlo, resulta que lo más importante para los humanos es pertenecer a alguien, y cuando esto falla, cuando no se pertenece a nadie porque a uno no le dejan, cuando a uno lo encierran solo, uno se asfixia. Los humanos soportamos muy mal la soledad […]".

Durante muchos años, no sólo no nos hemos ocupado de la soledad, sino que la enaltecíamos. Si salías adelante solo, sin consultar con los demás, profundizando en tu propio universo, conociendo como nadie tus propios intestinos, eras merecedor de todos los elogios. No sabíamos casi nada del cerebro; no teníamos ni idea de que no se podía aprender sin el cerebro de los demás, que sólo los perversos podían ignorar los sentimientos de los otros, de que estabas condenado si no pertenecías a nada ni a nadie”.

Hasta aquí nuestro recorrido hacia el conocimiento de una alternativa al modelo económico actual. Probablemente, aquellos que siguen promoviendo medidas neoliberales como las únicas alternativas posibles, piensen que si no aparecen números o ecuaciones no son aplicables o “realistas” al sistema actual.

Tienen razón: llevar a cabo la economía del bien común va a exigir una transformación del sistema económico capitalista actual. Supone promover las “normas sociales” por encima de las “normas económicas”, tal y como veíamos en el post anterior de este blog.

¿Será posible o aplicable este modelo económico alternativo? No desistamos en ello. Como dijo Guillem Graell i Moles (un economista catalán nacido en 1846), “Toda sensación, toda impresión, toda idea es por su naturaleza activa; persiste si no es destruída por otra, y se desarrolla tomando posición en el campo de la conciencia o almacenándose en la subconciencia. Cuando aquél está yermo, idea que entra, no halla contrapeso; y abandonada a sí misma, evoluciona sin trabas ni antagonismos, quedando dueña de aquél espíritu”.

La economía del bien común (Parte 4)

El modelo económico actual es incompatible con la economía del bien común. Y para que la transición hacia este nuevo modelo sea posible, las normas sociales van a tener que prevalecer por encima de las normas económicas. De hecho, la crisis económica actual ha venido en buena parte motivada por el poco control al que estuvo sometida la fiesta del descalabro financiero internacional. Bien es verdad que, por lo menos en España, nos dicen desde arriba que todos tenemos que pagar la “fiesta” de la que disfrutamos no hace muchos años. Me pregunto quiénes participaron en esa fiesta. Quiero decir que a mí nadie me invitó. Ni sabía que existía. 

Pero me estoy alejando del punto al que quería llegar. Como explicaba, una de las propuestas para que no vuelva a producirse semejante crisis económica, es la de dar una mayor importancia a las instituciones políticas europeas. En otras palabras: que lo económico no esté por encima de la política. En buena medida, es uno de los postulados que caracterizan a la economía del bien común: la de producir, no con el objetivo de maximizar beneficios, sino con el objetivo de contribuir a la mejora social. A continuación voy a plasmar dos páginas del libro “Las trampas del deseo” de Dan Ariely, que aportan una excelente metáfora sobre lo diferente que puede resultar un mismo hecho cuando se mide, bien desde un prisma de valoración más bien social, o bien desde una valoración más puramente económica. Veámoslo:

Imagínese que está en casa de su suegra para disfrutar de una comida de celebración familiar, ¡y menudo suntuoso despliegue ha puesto en la mesa para usted! Un pavo asado de piel dorada en su punto exacto, acompañado de un relleno casero exactamente tal como a usted le gusta. Sus hijos están encantados con la guarnición de patatas fritas bien doraditas, y su esposa se siente halagada al ver como postre se ha elegido su receta favorita de mousse de chocolate.
 
La celebración se prolonga hasta bien entrada la tarde. Usted se afloja el cinturón y se dedica a saborear una copa de vino. Luego, mirando con cariño a su suegra, al otro lado de la mesa, se pone de pie y saca la cartera.

- Mamá, por todo el amor que has puesto en esta comida, dime: ¿cuánto te debo? – le pregunta con total sinceridad. Luego, mientras se hace un embarazoso silencio entre los presentes, agita un puñado de billetes en la mano- ¿Crees que bastarán trescientos euros? ¡No, espera!... ¡Te daré cuatrocientos! 

No sería lo que se dice precisamente una estampa familiar idílica. Cae un vaso al suelo; su suegra se levanta roja como un tomate; su cuñada le lanza una mirada asesina, y su sobrino se echa a llorar. Se intuye que la celebración familiar del año próximo va a ser un silencioso refrigerio delante del televisor.

¿Qué ha pasado aquí? ¿Por qué una oferta directa de pago agua la fiesta de ese modo? La respuesta es que vivimos simultáneamente en dos mundos distintos: uno en el que prevalecen las normas sociales, y otro donde son las normas mercantiles las que marcan la pauta. Las normas sociales incluyen las peticiones amistosas que las personas se hacen unas a otras. ¿Podría usted ayudarme a mover el sofá? ¿Podría usted a cambiar la rueda? Las normas sociales están incorporadas en nuestra naturaleza social y en nuestra necesidad de comunicación. Normalmente son cálidas y difusas. No requieren compensaciones instantáneas: puede que usted ayude al vecino a mover su sofá, pero eso no significa que a continuación él tenga que venir a mover el suyo. Es como abrirle la puerta a alguien: proporciona placer a ambos, y no se requiere una reciprocidad inmediata.

El segundo mundo, el gobernado por las normas mercantiles, es muy distinto. Éste no tiene nada de cálido ni de difuso. Los intercambios están perfectamente definidos: salarios, precios, alquileres, intereses y costes-beneficios. Tales relaciones mercantiles no son necesariamente malas –de hecho, incluyen cosas tales como la autonomía, la inventiva y el individualismo-, pero sí implican beneficios comparables y pagos puntuales. Cuando uno está en el ámbito de las relaciones mercantiles, obtiene aquello por lo que paga; así es exactamente como funciona.

Cuando mantenemos las normas sociales y las normas mercantiles en sus caminos separados, la vida transcurre bastante bien [...]. Pero cuando las normas sociales chocan con las normas mercantiles aparecen los problemas [...]

¿No tienen la sensación de que lo económico está invadiendo el terreno de lo social en la actualidad? Como decía al iniciar este post, estamos “pagando” la fiesta y el despilfarro económico, a la que sólo tenían derecho a asistir unos pocos. Lo económico se apodera de lo social… mientras que la economía del bien común propone justamente lo contrario. ¿Usted qué prefiere?


La economía del bien común (Parte 3)

Daniel Goleman se hizo famoso en los años noventa por el famoso concepto “inteligencia emocional” que hoy está en boca de todos. Más recientemente, ha abordado también la “inteligencia ecológica”, un concepto que encaja muy bien con la economía del bien común. Veamos por qué:



Goleman pues nos advierte que, en el futuro inmediato, para seguir siendo “competitivos” ya no será tan importante el precio de los productos, sino la seguridad y el respeto por el medio ambiente que ofrezcan. Como el mismo dice en este video, “Habrá un cambio en la cuota de mercados: si el productor quiere sobrevivir, tendrá que ver qué puede hacer para mejorar el planeta, poner menos venenos, etc. Así que lo que se crea es una fuerza de mercado que lo que hará es que los fabricantes estén mejorando constantemente sus productos para seguir siendo competitivos”.

Cuando se lleve a cabo esta “transparencia radical” en el etiquetaje de los productos que se ofrecen en el mercado, los consumidores van a comprar aquellos productos que les ofrezcan una mayor seguridad en cuestiones relacionadas con su salud y en el respeto por el medio ambiente. Goleman dice en su libro Inteligencia ecológica que “… en la medida en que las sustancias químicas constituyen una auténtica preocupación biológica, representan una situación novedosa para los economistas, que se ocupan de cuestiones tales como coste y precio, pero que habitualmente no tienen en cuenta los impactos medioambientales o sobre la salud de los trabajadores o consumidores de las sustancias contenidas en los artículos que compramos […]. Es muy pobre, hasta el momento, el efecto de la preocupación de los consumidores por los ingredientes utilizados en los productos que compramos. Pero en un mercado radicalmente transparente esa ecuación cambiaría y permitiría que los compradores tomasen decisiones más informadas basadas en datos que anteriormente se les había hurtado […]. Cuando los consumidores saben qué artículo contiene tal o cual producto químico preocupante, es menos probable que lo compren…, lo que acaba inclinando la balanza hacia el modo en que se fabrican las cosas”.

La mejora de los beneficios en la venta de muchos productos, ya no se alcanzará únicamente subiendo o bajando los precios, descentralizando fábricas o invirtiendo más en publicidad y marketing. La transparencia ecológica en el punto de venta va a obligar a las empresas que quieran ocupar el primer lugar en la lista de preferencias de los consumidores a detectar los aspectos problemáticos de sus productos, para desarrollar cuanto antes mejores alternativas. Vuelvo a parafrasear a Goleman:

La inteligencia ecológica consiste en reflexionar sobre el legado que hemos heredado de la época en que se establecieron los procesos sin tener en cuenta sus posibles impactos. Es muy posible que la actualización de ese legado sea el mayor reto al que deba enfrentarse la empresa del siglo XXI. Necesitamos reinventarlo todo, desde los procesos fundamentales de la industria química hasta los métodos de fabricación empleados a lo largo de la cadena de suministros y del ciclo vital de los productos […]. Las consideraciones que han determinado la práctica empresarial han girado, hasta el momento, en torno a cuestiones de coste y de marketing. Pero estas consideraciones deberán tener también en cuenta, en un futuro no muy lejano, el riesgo que implica ignorar la recién nacida transparencia ecológica”.

Esta transformación no tiene cabida en el modelo económico actual por el siguiente motivo: en los entornos empresariales en los que se toman las decisiones, cuando las estrategias se centran básicamente en los beneficios, el resto de objetivos pasan a ser secundarios. En este contexto socioeconómico tradicional, sólo es posible tener en cuenta objetivos como la responsabilidad social o minimizar el impacto medioambiental cuando contribuyen a la rentabilidad, como sucede con el abaratamiento de los precios que conlleva la reducción del coste de la energía. Sin embargo, cuando el precio de hacer las cosas bien pone en peligro la rentabilidad, tal pretensión se deja fácilmente de lado.

Cuando la responsabilidad social de la empresa consiste en aumentar sus beneficios, bajo esa perspectiva, el argumento económico más adecuado es el de no hacer ningún tipo de cambio si este influye de manera negativa en los beneficios. Aquí es donde toma importancia la transparencia ecológica que defiende Goleman y que encaja con la economía del bien común. Se trata de conseguir que la bondad merezca la pena, transformando el modelo empresarial actual para crear un mercado en el que hacer las cosas bien sea sinónimo de hacer el bien. Al fin y al cabo, Goleman lo contempla como “una inmensa oportunidad empresarial en que tenemos que replantearlo todo, tenemos que reinventarlo todo para reducir el impacto negativo sobre el planeta y sobre nosotros mismos”.

La economía del bien común (Parte 2)

Tal y como nos explican economistas como Juan Torres, Alberto Garzón, Vicente Navarro o el internacionalmente conocido Noam Chomsky en el libro “Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España”:

Hemos de aprender a medir y a dar valor de otro modo a las cosas que necesitamos, utilizando otros indicadores y variables para gobernar la vida económica y tomar decisiones”.

¿Medir o valorar la economía a partir de indicadores no monetarios? ¿Es esto posible? ¿No es una utopía? Lo sería, si el modelo se fundamentara en los viejos supuestos de la economía capitalista actual. Sin embargo, la economía del bien común no se sustenta sobre la base de maximizar los beneficios individuales, sino la de fomentar el bien social. Y para ello, se basa en la cooperación entre las personas y las empresas, en lugar de la competencia y el secretismo. Y es que la cooperación es el principio más fundamental de la evolución. De hecho, ya se está asimilando socialmente que la cooperación motiva más fuertemente a las personas que la competencia. ¿Qué es lo que están vendiendo hoy en día todos los gurús, coach y expertos en la gestión del talento? Trabajo en equipo, motivación, empatía por los demás… Así que, la economía del bien social, no es tan utópica como parece. 


¿Cómo habíamos podido vivir tantos años sin darnos cuenta de que las relaciones interhumanas satisfactorias no sólo son el motivador más eficaz, sino que son también la fuente más rica de la felicidad, más profunda aún que la riqueza material, poder, o éxito económico? Las alternativas a la crisis pasan por romper el “cascarón” de la fantasía consumista ilimitada, donde nos hacen creer que alcanzaremos la felicidad cuantas más cosas tengamos.

Quisiera finalizar esta segunda parte del tema que este blog dedica a la economía del bien común, con una charla de Rachel Botsman en Sydney, para TED TALKS, y donde analiza un concepto que encaja perfectamente con el modelo: “el consumo colaborativo”.



Cuando a uno le hacen pensar sobre las cosas que tenemos en casa y que sólo hemos utilizado unas pocas veces… Esas películas que hemos visto dos o tres veces, y que ocupan una estantería entera. Ese taladro, que utilizamos una vez al año y que tal vez nos lo podría haber prestado el vecino del quinto. O los coches, que utilizamos sólo de vez en cuando y cada vez menos por el alto precio de los combustibles y de sus reparaciones. ¿No sería más eficiente compartirlo, o “pagar” únicamente por el tiempo en que vamos a usarlos? Hemos vivido demasiados años esclavizados a un hiperconsumismo que hay que empezar a frenar. Como sugiere Rachel Botsman, cuando consumimos no queremos los CD o los DVD sino la música o las películas que están dentro. O en el caso de los coches, empezamos a ver que lo realmente importante no es el modelo de coche que poseemos, sino el coste de la distancia que recorremos en momentos puntuales. 

En otras palabras: lo que nos interesa no son ya los objetos materiales, sino las necesidades o las experiencias que sentimos. Luego, lo que nos conecta es la necesidad de compartir emociones, no la de ganar dinero. ¿A dónde tiene cabida aquí la competencia?

jueves, 15 de marzo de 2012

La economía del bien común (Parte 1)

Ante la imposibilidad de meter en una sola publicación todo aquello que quiero explicar para describir la “economía del bien común”, iré publicando en este blog los distintos capítulos que, en su conjunto, aportarán una mayor coherencia y claridad conceptual a este modelo económico alternativo. Utilizo aquí la palabra “alternativo”, pero igual no la he escogido bien pues algunas de las características o rasgos que definen la economía del bien social ya están presentes  en el sistema capitalista financiero global que conocemos hoy en día.

Pero no nos distraigamos y vayamos al quit de la cuestión: ¿Qué alternativa podría hacer frente al modelo económico actual, donde individuos y empresas miran de maximizar sus beneficios compitiendo en el mercado mediante la producción de bienes, servicios y “productos” financieros? Démosle la palabra a Christian Felber, uno de los activistas más importantes de este nuevo modelo económico en Austria:



Como explica muy bien Christian Felber, el beneficio empresarial no sirve para medir el éxito y la contribución de una empresa a la sociedad y el bien común. Ser conscientes de esta obviedad no es tan evidente, y prueba de ello es que llevamos años y años viviendo con ello, sin encontrar una alternativa posible o viable que cambie las reglas del juego. 

El modelo económico actual, está basado en la medición de valores, rendimiento y éxito con indicadores monetarios que apenas nos cuentan algo sobre todo lo que realmente tiene valor y lo que es esencial para el bienestar humano y los ecosistemas en que vivimos. Por poner un ejemplo,  poco nos dice hoy en día el PIB a nivel macroeconómico, y el beneficio financiero a nivel microeconómico. Y es que una de las raíces de la crisis actual es el querer expresarlo todo a partir del valor monetario, como si toda actividad humana pudiera medirse en dichos términos. 

Analizadas así, las personas no dejarían de ser un “recurso” más, una pieza que contribuye a la maximización de los beneficios de una empresa, sin conocer muy bien cuál acabará siendo el destino de dicho excedente (cada uno que piense lo que quiera…). El dinero debería ser un medio de la actividad económica, y no su fin. ¿Saben quienes defendían, entre otros, el uso de los medios para justificar sus fines? Los fascistas. 


lunes, 13 de febrero de 2012

Hay alternativas

Poco se imaginaría Henry Ford que llegaría algún día en el que la posesión material de los productos, y el hiperconsumo en general, dejarían de ser el motor de una sociedad. Hay que empezar a decir ya sin tapujos, sin que se sienta uno como un bicho raro, que la lógica de un mercado que producía bienes y servicios para unos consumidores que necesitaban o deseaban dichos productos, va a cambiar para siempre. Bueno, ya lo está haciendo… tan sólo falta que la percepción tome forma, que madure y se imponga a nivel global. Es cuestión de tiempo… aunque el proceso ya ha comenzado.

Ford implantó en Estados Unidos el modelo de la producción en cadena, que mejoró la eficiencia en la fabricación de los automóviles, reduciendo los costes de su producción. Así fue cómo se fue expandiendo un método de fabricación que incrementaba el número de unidades que se fabricaban, a un coste menor. Sin embargo, este excedente no podía quedar en los almacenes, “criando malvas”. Para dar salida a lo que se producía, había que convencer a los consumidores de que la compra de dichos bienes sería buena para ellos. Y este mensaje interesado, caló hasta nuestros días: para ser feliz, hay que gastar y consumir.

El que más tiene o más posee, es el que vive mejor, es el que triunfa en la sociedad. Pasamos del homo sapiens al homo consumus, el siguiente eslabón de la evolución natural. Y es que cuando el consumidor percibe como “natural” o biológico, algo tan cultural como es la decisión de ir a comprar, la necesidad de “poseer” algo se intensifica, pues se percibe como una necesidad fisiológica. Igual que cuando se tiene hambre o sed, sólo que no debemos olvidar que nuestros deseos, una vez cubiertas las necesidades básicas para vivir dignamente, son siempre fruto del marketing y del contagio social. No digo que sea bueno o malo. No digo que no pueda ser deseable querer algo. Tan solo sostengo que si no existiera el interés de alguien que quiere vendernos algo, las supuestas necesidades que tenemos de querer comprarnos un coche más grande o el móvil de última generación, no existirían. Jamás.


Y llegamos a la cuestión de que necesitamos dinero para ser “felices”. Si el paraíso está en aquello que poseemos, habrá que trabajar duro para poder comprarlo. Pero… oh, gran problema el de hoy: la crisis económica está dejando a muchos trabajadores a la calle. Se destruye empleo, y las soluciones no se perciben ni a corto ni a medio plazo. Las elites políticas y financieras difunden el mensaje que la recuperación es cuestión de tiempo, pero que para salir del pozo, habrá que aceptar recortes y vivir con menos. Lo desconozco, quizás sea cierto que en un tiempo, se reactive la economía productiva y del consumo. Sin embargo, ¿queremos continuar exactamente con lo mismo?

Cada vez hay más personas que se dan cuenta de que la posesión material de los objetos y el hiperconsumo en general, no son lo que en realidad desean para vivir plenamente su vida. Además, para poder consumir, la mayoría de las personas se ven obligadas a trabajar más de la mitad de sus vidas, realizando tareas que en realidad no desean hacer.


Aquellos que no quieren que nada cambie y que se mantenga el orden (el que ellos quieren claro). Aquellos que llaman “primavera árabe” a las revueltas en Túnez o Egipto, pero que hablan de “disturbios” en las protestas crecientes en Grecia. Aquellos que dijeron que la historia acabó o culminó con el capitalismo del ánimo de lucro como motor del progreso y de la igualdad social. Todos ellos, afirman que no hay alternativas a su sistema o, sencillamente, que no puede haber otra manera de entender la economía a la que ellos veneran.

En la siguiente entrada de este blog, analizaremos que ya existen alternativas. Veremos que el motor del progreso no tiene por qué ser la ambición de ganar dinero, sino el deseo de contribuir a la mejora social. En definitiva, analizaremos el hecho de que las decisiones sobre comprar y producir bienes y servicios, puede canalizarse a través del deseo de mejorar la sociedad y el medioambiente. Si la palabra “utopía” ha asomado en tu cabeza, te recomiendo doblemente la siguiente reflexión. Tan solo es cuestión de tiempo…